Limoncello y milagritos

Jueves 2 de marzo. Son las 23:30 pasadas. Estoy trabajando en el restaurante y ya solo queda una mesa con tres mujeres  que llegaron a última hora para cenar. Estoy terminando de limpiar las cámaras y reponer el azúcar y el café descafeinado. Entra un señor al local y viene directo a la barra. Me pide un chupito de limoncello. Le comento que falta media hora para cerrar y voy para la nevera a coger un vaso fresquito y la botella. Y nos ponemos a hablar.

Resulta que es actor. Actor secundario. Ha venido a Madrid  a grabar un capítulo de una serie y se está quedando cerca en un hotel. Le digo que la figura del actor secundario me gusta. Creo que establece una buena combinación de factores. Él no está de acuerdo. Tal vez le pongo una visión romántica. Seguro que sí.

Le pregunto si vive solo de su trabajo como actor y me dice que no, también es docente. De interpretación. A todo esto llega mi madre. Ha venido a pasar un par de días a Madrid y se sienta también en la barra. Seguimos hablando y sigo secando las últimas copas.

Son esos momentos en los que me hubiera gustado detener el tiempo. Estamos en el sitio perfecto. Vamos a servirnos lo que cada uno quiera. Ponerme al otro lado de la barra y  hablar. Hacerle más preguntas. Y mi madre también, escuchando y aprendiendo.

Se despide, terminamos de recoger y apagamos luces. Le digo a mi madre si le apetece ir a ver cómo es eso  del Cristo de Medinaceli. A las 24 horas abren la puerta de la iglesia. La gente lleva no sé cuánto tiempo guardando su sitio. Y la cola ya llega hasta la calle Atocha. De hecho se junta con la cola de Kapital. Cada uno con lo suyo.

Dicen que el Cristo hace milagros. Así que empezamos a andar dirección Huertas. Se abre la puerta de la iglesia y la gente corre para poder besarle los pies. Nos quedamos 10 minutos viendo el ambiente: bares llenos, el Samur, TeleMadrid, calles cortadas y policía, mesas, sillas de camping, mantas, cajas de pizzas, bolsas de supermercado y mucha gente. Me pregunto si habrán muchos actores entre los que están en la fila.

¿Qué pediría si pudiera pedir un milagro? ¿Vivir de mi profesión? ¿Es eso un milagro? Sí que estamos jodidos… Pero por otro lado, si solo puedo pedir un milagro… ¿Pediría ese? Si puedo pedir lo que sea ¿Eso es lo que más deseo? ¡¡¡¡Qué derroche de ego!!!! Pero de ahí nos pasamos al discurso miss universo: Un milagro es la paz en el mundo. Que los niños no pasen hambre. Que los refugiados sea acogidos. Capaz que esto al Cristo se le queda un poco grande. “¡Joder con el milagrito! Prefiero a la ególatra”. A ver…. Que me toque la lotería. Creo que ese está entre los primeros de la fila. Así que cuando llegues tú a besarle los pies… la lista de espera no será pequeña. ¡Qué difícil pedir un milagro!

Bueno, pues yo le pido ¡SALUD!… ¿Tener salud es un milagro?  ¡Uf! No me aclaro. ¿Sabes qué? Mejor no le pido nada. Nos vamos para casa. Ya me lo pensaré mejor las próxima vez que  sople las velas o vea una estrella fugaz.

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